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Miguel Pou (Publicado en junio de 1992)

   "Muchos se pregutarán que aplicaciones prácticas podrían tener hoy los pensamientos y opiniones de quien partió hace tiempo. Dos hechos básicos permiten una rápida respuesta. En primer lugar, Félix, uno de nuestros populares más alabados, continúa siendo el gran desconocido de sus compatriotas. Un buen porcentaje de la población española cree que el mensaje -transparente, sencillo, el más diáfano- fue captado profunda y globalmente. Nada más erróneo.

   El mensaje del Amigo de los animales no fue comprendido en general o sólo unos pocos lo hicieron. Y es que surge la pregunta: ¿a quien conocimos la mayoría: al Rodríguez de la Fuente del tópico, o al Félix real? Los que le conocimos sabemos que Félix continúa siendo nuestro mayor desconocido.

Pero sobre todo, Rodríguez de la Fuente, por el hecho de haber practicado en su adolescencia el arte cinegético, de un lado, y por haberse consagrado a la defensa de la Naturaleza, por otro, sería la persona ideal para la reconciliación de dos colectivos que hasta ahora se ha mostrado antagónicos: los cazadores y el movimiento conservacionista de la Naturaleza...

No haría falta extenderse una vez más diciendo que ese enfrentamiento hoy resulta anacrónico, de que si bien hay voluntades de superarlo y acciones al respecto, va siendo hora de que cristalice definitivamente en una reconciliación y una cooperación mutuas...  ¿O alguien duda de que algo que a ambos colectivos interesa, la existencia de la naturaleza, ya no está persisitiendo y agoniza? Ante un enemigo común...

   Permitámonos, por consiguiente, descubrir algunas opiniones de Félix Rodríguez de la Fuente respecto al tema venatorio.

   El profesor siempre entendió al ser humano como un depredador que durante miles de años había cazado la presa que le servía de sustento. Esta práctica constante se había integrado tan profundamente en nuestros genes que ya era indivisible de nuestra esencia: "el ser humano es depredador". Él entendía la caza en sí, por tanto, como una actividad noble que, ejerciada con esfuerzo y honradez, elevaba y enriquecía física y psíquicamente al cazador. Incluso de alguna forma le devolvía a su esencia.

   Sin embargo, dos factores vendrán a hacer hoy necesario -nos dijo- "educar" ese instinto y canalizarlo hacia otras prácticas. Y dichas prácticas no reducían ni anulan el "instinto depredador". De un lado, ocurría que hacia 1970, la actividad cinegética en la Piel de toro había llegado a alcanzar dimensiones desorbitadas por la excesiva presión venatoria de más de un millon de praticantes sobre un territorio limitado, y por campañas totalitarias como las impulsadas por las Juntas de Extinción de Animales Dañinos, Juntas que él mismo combatió y en parte transformó. Tamaña presión, ya esperpéntica, sobre nuestros ecosistemas, ahora catapultada por muchos otros intereses y ya sin control, se han incrementado hasta límites inconcebibles y espeluznantes.

Félix habló siempre de la caza con prácticas abusivas, como el rifle, el lazo, la "caza" por envenenamiento como la estricnina -que se sigue empleado- como nocivos "sistemas de selección natural a la inversa". Decía que el verdadero cazador, si sigue las leyes y disposiciones, en que además no habrá excesiva ventaja sobre el animal, realiza una selección natural y por lo tanto cumple el papel en el equilibrio de la vida para el que está en el planeta. Sobre todo, si no ha superpoblado la Tierra, como hoy lo hemos hecho. Que el cazador no tenga demasiada ventaja sobre los animales le parecía extremadamente importante.

Sin embargo, con los modos de caza actuales, el ciervo por ejemplo mejor dotado, el que ostenta más perfecta y bella cornamenta, aquel animal que en un estado equilbrado de posibilidades de huída o de defensa quizá se hubiera salvado, para continuar enriqueciendo áreas enteras con su descendencia mejor dotada, es el primero hoy en ser abatido, y precisamente - ahí está lo tremendo- cazado por sus atributos que sin el abuso de las armas actuales del cazador le huieran permitido sobrevivr. Hoy en cambio, sobreviven los individuos peor dotados, o tarados, porque son menos apetecidos por los cazadores, que además se enorgullecen de abatir los especímenes más bellos, lo que constituye una "selección natural a la inversa". Además, muchas especies cinegéticas -se quejó- son criadas en serie "como si fueran ganado doméstico". Esto le causaba desprecio.

¿Qué merito hay en esa "caza"? -protestaba Félix-. Rodríguez de la Fuente entendía en profundidad y hasta sentía cariño y admiración por la pasión y por el esfuerzo del "verdadero" cazador: la intensa emoción del acecho -que igualmente siente el naturalista, que no daña al animal-, el ritual de los objetos -también el zoólogo lo goza: sus prismáticos, su guía y el cuaderno de campo, las cámaras fotográficas...-, la preparación de la partida, compartida también por los ornitólogos y por los censores de aves... Se le criticó muchas veces que él no podía opinar sobre la caza pues la desconocía. No es cierto. Es más, para quienes quieran saber algo no divulgado, diremos que él cazó desde los 14 hasta los 21 años, cosa que confesó siempre abiertamente. Y dijo que, siendo "amigo de los animales", algunos amigos suyos eran cazadores, si bien los quería convertir a proteccionistas de las especies. ¡Y con algunos lo logró!

   Había algo que a Félix hacía que le brillasen los ojos. Lo primero, de furia contenida, y lo segudo de alegría. De rabia -y de frustración por no poder hacer lo suficiente-, el ansia no del cazador, sino del "escopetero"; la codicia a veces del furtivo dañino, del hombre sin escrúpulos que, como queriendo desahogarse -evidentemente sin resultados para él- en los inocentes animales del campo, y, amigo de su rabia interior, mata casi todo aquello que se mueve y aparece por delante de su mirilla. A ése, con desprecio, le llamó "pistolero" y matador -para no denominarle cazador-, y exclamó: "amigo cazador: caza, no mates; porque no es lo mismo cazar que matar", ya que, a veces, la división entre el cazador y el escopetero puede no estar muy clara.

   El Doctor no era amigo de matar (...). Dar muerte para sobrevivir y para alimentarse era y es un hecho diario en el mundo natural (...) porque no fue un sentimental.(...) y apoyó el control de las poblaciones, (..) pues la caza contribuye al equilibrio natural de los ecosistemas...".

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